Reflejo

Cayó la noche y el cielo se oscureció aún más que las anteriores. Había algo extraño en el cielo. Las nubes, tan negras como el escenario, se amontonaban sobre sus cabezas, chocaban entre sí, moviéndose con violencia. Pronto comenzaron a escucharse una especie de cortos y rotundos ronquidos; primero, a lo lejos, y después cada vez más cerca. Con ellos llegaron los resplandores fugaces que, al acortar distancias, rajaban de arriba abajo el cielo. El pequeño olivo se estremeció y las pocas hojas que tenía titilaron al ritmo del miedo y la excitación. Es cierto que era joven, pero ya había vivido algunos meses y nunca había visto nada así. Tampoco recordaba a los mayores tan asustados, como si quisieran arrancar sus raíces y salir corriendo cada vez que aquella luz desgarraba el teatro celeste.

Y entre tanta excitación, llegó otra novedad. Primero en forma de sonido, con pequeños chasquidos desacompasados. Después en el tacto suave de pequeños golpecitos sobre las hojas, que corrían cosquilleantes hasta el suelo. Aquellos extraños seres, fueran lo que fueran, se iban agolpando y cayendo hasta perderse en la tierra parduzca.

Durante horas, el tamborileo y el juego de luces continuaron, para disfrute del pequeño olivo. Cuando el espectáculo iba muriendo, vio a los mayores respirar tranquilos y las primeras luces despuntar en el horizonte. Y entonces descubrió un nuevo tesoro a sus pies: aquél arbolito que, como él, apenas tenía unas hojas a lo largo de su cuerpo; y como él, poseía cinco pequeñas, pero firmes ramas; y como si se tratara de sí mismo, tenía una pequeña cicatriz en forma de estrella. Sin embargo, se extendía tumbado sobre el suelo, temblando a cada caricia del viento.

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Si puedes mirar, ve.

Si puedes ver, repara.

José Saramago

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